La burguesía dominante y sus sicofantes oficiales de la economía vuelven a engañarse con ilusiones. Tras sobrevivir a los choques inflacionarios de principios de la década y adaptarse a la reconfiguración de las arterias logísticas globales, el mundo del capital se apresura a proclamar el advenimiento de una nueva era de estabilización. No obstante, tras la deslumbrante fachada de unos índices bursátiles que baten récords, se oculta la agudización más profunda de todas las contradicciones orgánicas del modo de producción capitalista. El panorama mundial contemporáneo no está determinado por las maniobras diplomáticas en Ginebra ni por la supuesta lucha de las “democracias contra las autocracias”, como aseguran los filisteos de la prensa liberal. El mundo es movido inexorablemente por el desarrollo material desigual de las fuerzas productivas, las cuales han desbordado los estrechos márgenes de las relaciones de propiedad privada.
La astronómica deuda global, que en 2024 superó la barrera de los 315 billones de dólares (más del 330 % del PIB mundial)1, resulta ya físicamente imposible de costear sin una devaluación permanente de las monedas2. Las gigantescas burbujas de deuda estallan una tras otra, dejando al desnudo la verdadera naturaleza del capital ficticio. Si ayer presenciábamos el colapso del gigante chino Evergrande, hoy el epicentro del terremoto de la deuda se ha desplazado al corazón del capitalismo occidental. La crisis de los bienes raíces comerciales (CRE, por sus siglas en inglés) en EE. UU., donde billones de dólares han quedado congelados en rascacielos de oficinas vacíos, ya ha provocado una serie de quiebras en bancos regionales (desde el Silicon Valley Bank hasta el New York Community Bancorp). No se trata de una simple “corrección del mercado”; es el momento clásico en el que el capital ficticio (créditos emitidos bajo la expectativa de una plusvalía futura que nunca llegó a materializarse) colisiona con la cruda realidad de la producción material.
En los viejos centros de acumulación, como Alemania, hace estragos la estanflación3. En el país que durante décadas fue la “locomotora industrial” de Europa, el PIB se contrajo un 0,3 % en 2023, en 2024 la caída se estimó entre el 0,2 y el 0,5 % según diversas fuentes, y el año pasado apenas se registró un crecimiento microscópico del 0,2 %.
El modelo económico alemán se sustentó durante décadas en la combinación de fuentes de energía baratas (principalmente rusas) y exportaciones de alta tecnología. La pérdida de acceso a estas materias primas económicas ha pulverizado la rentabilidad de ramas enteras de la industria pesada. El gigante químico BASF, pilar de la industria germana, está cerrando plantas de alto consumo energético en Ludwigshafen y desviando inversiones multimillonarias hacia China y EE. UU., donde la energía es más barata. Entre 2023 y 2024, BASF detuvo la producción de amoníaco, caprolactama y diversos fertilizantes. Sin embargo, el desmantelamiento de las instalaciones, la reestructuración del complejo y los despidos graduales de miles de trabajadores se prolongan en el tiempo y aún continúan. Es una herida sangrante en la economía alemana que sigue abierta. Al mismo tiempo, en la ciudad china de Zhanjiang, BASF está construyendo un gigantesco complejo químico integrado (Verbund) por valor de 10.000 millones de euros: la mayor inversión en toda la historia de la empresa. La finalización total de este megaproyecto está prevista para 2030. Simultáneamente, se están ejecutando inversiones para expandir sus plantas en EE. UU. (en Geismar, Luisiana, y otros estados); un proceso alimentado por los subsidios del gobierno estadounidense (en el marco de la Ley de Reducción de la Inflación, IRA).
La producción de acero, vidrio, papel y fertilizantes en Alemania se ha desplomado entre un 15 y un 20 % en comparación con 2021, el año previo a la invasión del imperialismo ruso a Ucrania. El símbolo del capitalismo alemán —la industria automotriz— atraviesa una crisis histórica de superproducción y caída de la tasa de ganancia en medio de una transición tecnológica. En otoño de 2024, el consorcio Volkswagen anunció su intención de cerrar plantas dentro de la propia Alemania y despedir a decenas de miles de trabajadores por primera vez en sus 87 años de historia. El capital alemán está perdiendo la guerra competitiva frente a los vehículos eléctricos chinos (como los de BYD), cuyos costes de producción son menores, e intenta compensar la caída de la tasa de ganancia mediante la destrucción directa de puestos de trabajo, la ruptura de convenios colectivos con los sindicatos y la reorientación de parte de su capacidad productiva hacia la industria militar.
La burguesía alemana se niega a invertir dentro del país. Ante los altos costes internos y el agresivo proteccionismo estadounidense, el capital alemán “vota con los pies”. Se observa una fuga colosal de inversión directa hacia el extranjero, mientras la producción interna se estanca.
Aunque los picos de inflación energética de 2022 ya han quedado atrás4, el encarecimiento se ha enquistado, adoptando una forma “subyacente”. Siguen subiendo los precios de los alimentos, los servicios y, lo que es más doloroso, los alquileres de vivienda. La inflación actúa como un impuesto encubierto sobre la clase obrera. En los últimos años, el salario real (ajustado a la inflación) de los trabajadores alemanes ha sufrido una merma considerable. El capital está descargando los costes de la crisis estructural sobre los hombros del proletariado. La estanflación en Alemania no es más que una crisis estructural de sobreacumulación de capital. El capital alemán ya no es capaz de extraer la plusvalía suficiente bajo las nuevas condiciones.
La colosal inyección de crédito en el capitalismo mundial ya no estimula el crecimiento real, lo que constituye un síntoma clásico de manual de la superproducción de capital. La manifestación más flagrante de esta gangrena hoy en día son los volúmenes astronómicos de recompra de acciones (buybacks). El capital ya no se invierte en la ampliación de la producción real a los niveles de antaño, puesto que esta ya no augura una tasa de ganancia suficiente. En su lugar, el capital orbita en el casino especulativo, inflando artificialmente la capitalización bursátil y enriqueciendo a la oligarquía financiera.
Al cierre de 2024, solo las empresas del índice S&P 500 desembolsaron la cifra récord de 942.500 millones de dólares en recomprar sus propios títulos. Y ya en 2025, esta psicosis especulativa perforó su techo histórico: en 12 meses (hasta septiembre de 2025 inclusive), el volumen de buybacks en EE. UU. superó los 1,02 billones de dólares. Esta enfermedad devora no solo al imperialismo estadounidense, sino también a otros viejos centros de acumulación:
-
La burguesía europea, históricamente más proclive al pago de dividendos, se ha sumado a la misma carrera. Al cierre de 2024, el volumen de recompra de acciones por parte de las corporaciones europeas alcanzó un récord de 182.000 millones de euros, y la proporción de empresas que incineran capital de esta forma rompió su máximo histórico, situándose en un 43 %.
-
El capital japonés, sentado durante décadas sobre montañas de dinero ocioso a causa del estancamiento de su mercado interno, gastó cerca de 18,7 billones de yenes en recomprar acciones durante el año fiscal 2024; y en 2025, esta cifra se disparó hasta los delirantes 24,9 billones de yenes (unos 200.000 millones de dólares).
Para dimensionar la magnitud de esta aceleración, basta con observar su evolución histórica. En la década de 1990, los volúmenes de buybacks en EE. UU. apenas sumaban decenas de miles de millones de dólares al año. A principios de los años 2000, a duras penas rozaban los 200.000-300.000 millones. ¡Hoy en día, solo el sector tecnológico estadounidense (Information Technology) ha quemado más de 2,1 billones en recompras en una sola década! Esta aceleración exponencial no es síntoma de una economía sana, sino la prueba matemática de su putrefacción. Masas ingentes de plusvalía están siendo extraídas del sector productivo real.
Karl Marx anticipó genialmente esta fase de desarrollo del capitalismo, en la que el capital excedente se precipita hacia las maquinaciones financieras:
«La superproducción de capital no significa nunca otra cosa que la superproducción de medios de producción —medios de trabajo y medios de subsistencia— que pueden funcionar como capital, es decir, que pueden emplearse para la explotación del trabajo con arreglo a una cuota dada de explotación; pero la baja de esta cuota de explotación por debajo de un punto dado provoca perturbaciones y paralizaciones del proceso de producción capitalista, crisis y destrucción de capital. No hay ninguna contradicción en el hecho de que esta superproducción de capital vaya acompañada de una superpoblación relativa más o menos considerable. Las mismas circunstancias que han potenciado la fuerza productiva del trabajo, aumentado la masa de los productos mercantiles, ampliado los mercados, acelerado la acumulación del capital, tanto en masa como en valor, y reducido la cuota de ganancia, han engendrado y siguen engendrando constantemente una superpoblación relativa, una superpoblación de obreros que el capital excedente no emplea a causa del bajo nivel de explotación del trabajo a que únicamente podría emplearlos, o por lo menos a causa de la baja cuota de ganancia que rendirían con un nivel dado de explotación.
Si se exporta capital al extranjero, ello no ocurre porque absolutamente no se lo pueda ocupar en el interior. Ocurre porque en el extranjero se lo puede ocupar con una cuota de ganancia más alta.»5
Y más adelante, al analizar el capital ficticio y el sistema de crédito, Marx subraya la inevitabilidad de que este proceso se transforme en pura especulación ante la caída de la rentabilidad:
«Si el sistema de crédito aparece como la palanca principal de la superproducción y de la especulación excesiva en el comercio, ello se debe únicamente a que el proceso de reproducción, elástico por su naturaleza, se fuerza aquí hasta sus límites extremos, y se fuerza porque una gran parte del capital social es empleado por los no propietarios de este, quienes, por consiguiente, ponen manos a la obra con un espíritu muy distinto al del propietario que, en tanto funciona personalmente, sopesa medrosamente los límites de su capital privado. Esto solo demuestra que la valorización del capital basada en el carácter antitético de la producción capitalista solo permite el libre desarrollo real hasta cierto punto y, por tanto, en la realidad constituye una traba inmanente y un límite a la producción, que el sistema de crédito rompe de continuo. Por consiguiente, el crédito acelera el desarrollo de las fuerzas productivas materiales y la creación del mercado mundial, bases materiales de la nueva forma de producción que el modo de producción capitalista tiene la misión histórica de instaurar hasta cierto grado de desarrollo. Al mismo tiempo, el crédito acelera los estallidos violentos de esta contradicción, las crisis, y por lo tanto los elementos de disolución del antiguo modo de producción.
El carácter dual inmanente al sistema de crédito: por una parte, desarrollar el resorte de la producción capitalista, el enriquecimiento mediante la explotación del trabajo ajeno, hasta convertirlo en el más puro y colosal sistema de juego y fraude, y restringir cada vez más el número de los pocos que explotan la riqueza social; y por otra parte, constituir la forma de transición hacia un nuevo modo de producción.»6
Es precisamente esta necesidad de “destruir” o desvalorizar una parte del capital acumulado para salvar el resto lo que constituye la base económica de las guerras. Las analogías históricas son inevitables. Al igual que en las vísperas de las carnicerías mundiales de 1914 y 1939, la base de la crisis actual reside en el agotamiento de los mercados y la necesidad objetiva de proceder a su reparto violento. Los monopolios vuelven a enseñar los dientes en la pugna por las materias primas, mientras la burguesía atiza el chovinismo y pone en marcha la maquinaria de la militarización. El grado sin precedentes de globalización hace imposible la localización de los conflictos, y el miedo a la aniquilación nuclear obliga a los imperialistas a librar la contienda mediante guerras subsidiarias (proxy wars) desgastantes, terrorismo económico y ciberataques.
Los apologistas del “realismo político” se consuelan con la esperanza de que la doctrina de la “Destrucción Mutua Asegurada” (MAD) disuadirá para siempre a los depredadores imperialistas de un choque directo. Sin embargo, el análisis marxista demuestra que la existencia de armas nucleares solo modifica la forma de la carnicería imperialista, pero no anula sus causas económicas fundamentales. El capital utiliza el miedo al apocalipsis nuclear para legitimar los conflictos híbridos, pero la agudización de la crisis difumina inexorablemente las “líneas rojas”. Ningún arma, por sí sola, es capaz de derogar las leyes que rigen el movimiento del capital.
El eje sobre el cual gira esta espiral de contradicciones es un colosal salto tecnológico: el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) y la energía “verde”. Es aquí donde emerge con toda su crudeza la ley fundamental del capitalismo descubierta por Marx: la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Su esencia radica en que, en su afán por obtener una ventaja competitiva, el capitalista se ve forzado a aumentar la proporción de máquinas, equipos y servidores (capital constante) en detrimento del trabajo vivo de los obreros (capital variable). Pero, dado que el nuevo valor solo es creado por el trabajo vivo, a medida que la producción se mecaniza, automatiza y robotiza, la tasa de ganancia sobre el conjunto del capital invertido cae irremediablemente.
Hoy presenciamos este proceso en su forma más grotesca en el sector tecnológico. La “burbuja de la IA” exige a los monopolios unos gastos de capital descomunales: cientos de miles de millones de dólares se inyectan en la construcción de centros de datos. Al mismo tiempo, para intentar frenar de algún modo la caída de su tasa de ganancia, las corporaciones ejecutan despidos masivos salvajes.7 Al sustituir el trabajo vivo por algoritmos, el capital recorta su propia base de explotación. La fabricación de vehículos eléctricos (EV) refleja la misma tendencia: las inversiones faraónicas en robótica desembocan en guerras de precios y en márgenes de rentabilidad negativos. La burguesía de ningún Estado es un bloque monolítico. La guerra por las nuevas tecnologías es también una pugna intestina feroz: por ejemplo, entre el viejo capital industrial y los nuevos monopolios digitales por el reparto de los subsidios estatales.
En esto consiste la contradicción suprema y letal del capital, prevista por Marx en los Grundrisse (“Elementos fundamentales para la crítica de la economía política”):
«El capital mismo es la contradicción en proceso, por el hecho de que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma de tiempo de trabajo excedente; pone por tanto, en medida creciente, el tiempo de trabajo excedente como condición —cuestión de vida o muerte— para el necesario. Por un lado, despierta a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado, se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales creadas de esta suerte y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales —unas y otras fases diversas del desarrollo del individuo social— se le aparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir fundándose en su mezquina base. De hecho, sin embargo, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar a esa base por los aires.
‘Una nación es verdaderamente rica si en vez de 12 horas se trabajan 6. La riqueza (real) no es el mando sobre el tiempo de plustrabajo, sino el tiempo disponible, aparte del empleado en la producción inmediata, para cada individuo y para toda la sociedad.’ [The Source and Remedy of the National Difficulties, Londres, 1821, p. 6].»8
Objetivamente, la Inteligencia Artificial sienta las bases materiales para una sociedad de abundancia absoluta. Pero para sobrevivir, el capitalismo debe fabricar la escasez de manera artificial: monopolizando los algoritmos mediante patentes y desatando guerras comerciales. Además, la transición hacia la economía “verde” no merma en absoluto el papel de la energía tradicional. Los monopolios petroleros y gasísticos clásicos aprovechan la inestabilidad global para exprimir nuevos subsidios de los Estados bajo la excusa de la “seguridad energética”. Simultáneamente, el capital “verde” cabildea por cuotas ecológicas que arruinan a sus competidores. Esta riña entre las fracciones de la burguesía acaba siendo sufragada por el proletariado a través del aumento de las tarifas.
Esta revolución tecnológica está llevando las rencillas imperialistas a un punto crítico. El imperialismo estadounidense ha pasado a un proteccionismo descarado. Pero aquí también se manifiesta nítidamente la profunda fractura de su burguesía nacional. Reducir la actual escisión del capital estadounidense a la primitiva dicotomía de “globalistas-financieros” frente a “patriotas-industriales” implica utilizar unas gafas propias de finales del siglo XX. Hoy en día, la línea de falla no discurre tanto entre sectores, sino dentro de las propias cadenas globales de valor, y está determinada por la etapa de dichas cadenas en la que se encuentra cada corporación en particular. El capitalismo estadounidense ha topado con una contradicción fundamental: la lógica de la maximización de beneficios (que exige mano de obra barata y mercados abiertos, primordialmente en Asia) ha entrado en conflicto directo con la lógica de preservación de la hegemonía internacional y militar (que exige el control sobre las tecnologías y la “reindustrialización”).9 La “doctrina Trump” es la herramienta de la que se sirve esta fracción para extraer plusvalía. La ruptura de las cadenas comerciales con Asia convierte a América Latina en una gigantesca maquiladora. Esto se evidencia claramente en la presión política sin precedentes que ejerce Washington sobre Perú para limitar el control chino sobre el nuevo megapuerto de aguas profundas de Chancay, así como en el chantaje diplomático a Brasil y Argentina dirigido a expulsar a Huawei del sector de las redes 5G. En los propios EE. UU., la consabida histeria antimigratoria cumple la función de conformar un ejército industrial de reserva carente de todo derecho.
El centro de gravedad de la economía mundial se ha desplazado a Asia. China, asfixiada por un colosal exceso de capital acumulado, ha transitado hacia la fase clásica del imperialismo: la exportación agresiva de capitales. La burguesía china (desgarrada por la pugna entre el capital costero orientado a la exportación y el sector interno del aparato partido-Estado) se ve forzada a expandirse agresivamente hacia el exterior. La articulación de sistemas financieros alternativos sitúa el choque entre el capital estadounidense y el chino como el eje central de los conflictos contemporáneos.
Resulta inconcebible realizar un análisis de la coyuntura actual sin tener en cuenta a los nuevos depredadores imperialistas, como India, Turquía, Brasil y Arabia Saudita. Sería un error considerarlos como sujetos pasivos. Aprovechando la crisis de la vieja hegemonía, han comenzado a regatear. El capital turco penetra en África; el indio y el saudí forjan sus propias esferas de influencia. El crecimiento de sus ambiciones hace que el polvorín de contradicciones sea aún más volátil.
Europa, aislada de las materias primas baratas, intenta salvar los restos de su industria dopando a su complejo militar-industrial. Para Europa, EE. UU. no es un garante de seguridad, sino un competidor. Estas contradicciones engendran una paradoja: el capital transnacional europeo y la euroburocracia exigen un complejo militar unificado, mientras la burguesía nacional se resiste. El capital industrial alemán sabotea la ruptura con China, y el capital agrario europeo, arruinado por las cuotas ecológicas de Bruselas, financia al populismo de derechas.
El imperialismo ruso, por su parte, trata de tejer lazos con el Sur Global. Para no quedar atrapado en el asfixiante abrazo de China, el Kremlin juega activamente con las fracturas del capital mundial, estrechando vínculos con India, las monarquías árabes y los países africanos. A nivel interno, los oligarcas de las materias primas ansían en secreto retornar a los mercados occidentales, mientras que los sectores de la defensa y de seguridad se reparten las superganancias generadas por la economía de guerra.
En ningún otro lugar resulta tan palpable esta maraña sangrienta como en el Gran Medio Oriente. Las proclamas de lucha contra el “terrorismo” no son más que una hoja de parra ideológica. En el fondo, se trata del intento del capital estadounidense-israelí por reconfigurar los corredores de transporte (el proyecto IMEC) y garantizarse el control de los recursos energéticos. Para el capital estadounidense-israelí, golpear a Irán resuelve un objetivo estratégico vital: la destrucción física de un centro de poder independiente con capacidad para bloquear el estrecho de Ormuz, así como el desmantelamiento de las redes logísticas chino-rusas. India busca proteger sus inversiones en el puerto iraní de Chabahar, mientras que Turquía aspira a debilitar a Teherán por ser su principal competidor.
Aún más, la agresión externa constituye siempre un intento de sofocar el antagonismo de clases interno. En vísperas de la guerra, la sociedad israelí se veía sacudida por crisis formidables. Bajo el pretexto de una amenaza “existencial”, se decretó instantáneamente un régimen de “paz social”, canalizando la ira del proletariado hacia el sumidero del chovinismo. Al amparo del ruido bélico, el capital israelí ejecuta una limpieza física de los territorios palestinos, liberando tierras para la especulación inmobiliaria y la extracción de gas. En Irán, la guerra ha sido la tabla de salvación para la burguesía militar-clerical (la Guardia Revolucionaria), la cual se asomaba al colapso asediada por las huelgas de los trabajadores petroleros y de los docentes. El régimen decretó la ley marcial y explota la amenaza externa para tildar a cualquier obrero huelguista de “agente extranjero”, enviándolo directo a la horca.
Las nuevas fronteras de la acumulación se extienden incluso hasta el Ártico. Bajo los hielos de Groenlandia yacen inmensas reservas de tierras raras. Sin embargo, para los gigantes tecnológicos, Groenlandia representa además el “radiador” geográfico perfecto, provisto de energía geotérmica barata: el sustrato crítico indispensable para alojar enormes centros de datos refrigerados por el viento ártico.
En todas partes, la burguesía ha emprendido una ofensiva sin cuartel contra el proletariado. Somos testigos de la elevación de la edad de jubilación en las potencias capitalistas desarrolladas, la aniquilación de las garantías laborales clásicas mediante la imposición de la “economía de plataformas” (gig economy) y el cerco fáctico al derecho de huelga. El capital azuza con maestría a los trabajadores, inculcándoles que el enemigo se encuentra más allá de sus fronteras. No obstante, las condiciones materiales objetivas —la inflación, el estancamiento salarial y el peso asfixiante del crédito— están descorriendo inexorablemente ese velo. Los estallidos huelguísticos en los almacenes de los gigantes logísticos y entre los trabajadores “digitales” ya han comenzado.
Pero ver tras este panorama la imagen de victoriosas batallas de clase libradas por el proletariado en un futuro próximo significa engañarse a sí mismo. El método marxista exige una evaluación despiadadamente sobria del estado actual de la propia clase obrera. Nos hallamos ante una paradoja histórica flagrante: las premisas materiales objetivas para el colapso del capitalismo están más que maduras, y, sin embargo, el factor subjetivo —la conciencia de clase, la organización de las masas y la existencia de un partido revolucionario— se encuentra en su nivel más bajo de los últimos cien años.
La lucha huelguística a escala mundial está fragmentada y reviste un carácter predominantemente defensivo. La clase obrera está infectada de pasividad social y de nacionalismo. No existe un partido comunista mundial del proletariado, y las auténticas organizaciones comunistas no son más que minúsculos círculos atomizados, desvinculados de las amplias masas.
Este sombrío panorama tiene explicaciones histórico-económicas precisas. La debilidad actual del movimiento obrero no es una eventualidad ni fruto de la “estupidez” de las masas proletarias, sino la consecuencia ineludible del desarrollo capitalista de las últimas décadas.
Durante décadas, la burguesía de los centros imperialistas (EE. UU., Europa y en parte Japón) destinó parte de sus superganancias a la forja de una poderosa “aristocracia obrera” y de un Estado de bienestar (welfare state). Este soborno material engendró la quimera de que el capitalismo podía ser “mejorado” por vías pacíficas, y transformó a los sindicatos en un apéndice burocrático del Estado burgués, cuyo propósito central no es encender la lucha de clases, sino apagarla.
La transición hacia la “economía de plataformas” ha convertido a una fracción de los asalariados en repartidores, freelancers u operadores telefónicos aislados, presuntos “trabajadores por cuenta propia” a quienes objetivamente les resulta mucho más arduo reconocer la identidad de sus intereses de clase.
Por otra parte, la clase obrera aún no se ha repuesto de las catástrofes del siglo XX. La derrota de la oleada revolucionaria de 1917-1921 y la degeneración de los partidos de la Komintern en meros engranajes socialdemócratas de la oposición sistémica desacreditaron, ante los ojos de las masas, la propia idea de la lucha por el comunismo. La ideología burguesa ha implantado con éxito el axioma de que todo intento de derrocar al capital conduce de modo inexorable al Gulag.
¿Justifica esta constatación empírica un repliegue hacia el pesimismo histórico y la capitulación? De ninguna manera. El marxismo nos enseña a pensar dialécticamente: las mismas condiciones que engendraron la pasividad del proletariado están siendo trituradas hoy por el propio capital.
En primer lugar, la crisis estructural y el desplome de la tasa de ganancia impiden a la burguesía seguir costeando la “paz social”. El capital se ve abocado a aplicar recortes salvajes a los presupuestos sociales, retrasar la edad de jubilación y pulverizar los salarios reales mediante la inflación. Las bases materiales del reformismo y de la burocracia sindical están ardiendo en el horno de la militarización.
En segundo lugar, la irrupción de la inteligencia artificial y la automatización precipita la rápida proletarización de aquellas capas que ayer se consideraban a sí mismas “clase media” (ingenieros, programadores, oficinistas). Estos trabajadores pierden sus privilegios y son arrojados al mercado laboral común, engrosando las filas de quienes están llamados a ser los sepultureros objetivos del capital.
A medida que la existencia de millones de personas se torne insoportable, la lucha de clases espontánea irá en aumento. Ahora bien, los motines espontáneos por sí solos no garantizan la victoria. Para que la lucha económica se eleve a lucha revolucionaria contra la propiedad privada y el Estado, resulta imprescindible inyectarle la conciencia científica comunista.
Y es justamente aquí donde cristalizan las tareas prácticas más apremiantes de la vanguardia marxista actual. En las adversas condiciones presentes, la vanguardia tiene el deber de deslindarse rotundamente de toda variante de reformismo. Es necesario librar una ofensiva teórica implacable contra el socialchovinismo moderno (esa “izquierda” que respalda a “su” imperialismo, a “su” industria nacional), contra los espejismos del “mundo multipolar” (que no es más que apoyar a unos depredadores frente a otros) y contra el cretinismo parlamentario pactista.
El periodo de reflujo del movimiento obrero es el momento de forjar el núcleo teórico y organizativo. Los marxistas deben estudiar a fondo el capitalismo contemporáneo y formar cuadros disciplinados en la fragua de la lucha de clases.
La vanguardia no tiene derecho a atrincherarse en círculos de debate académico. Su cometido es introducir la conciencia comunista en todas las expresiones, incluso las más básicas, de la lucha de clases; explicando pacientemente a los obreros las limitaciones de las demandas puramente económicas y canalizando su rabia contra la totalidad del sistema capitalista.
Dado que el capital está más globalizado que nunca, la revolución anticapitalista solo puede ser mundial. Los marxistas de distintos países deben empezar a tender puentes desde hoy, intercambiando experiencias y pergeñando una táctica común que siente los cimientos para la conformación de una nueva Internacional Comunista genuinamente revolucionaria.
La época de “paz” y estabilidad ficticias ha tocado a su fin. El capitalismo se adentra en un ciclo de formidables convulsiones, guerras y crisis. Y si bien el proletariado luce hoy fragmentado y endeble, serán precisamente estas monstruosas crisis el crisol en el que la vanguardia marxista forjará la conciencia revolucionaria del proletariado. Huelga decir que el partido marxista revolucionario no es un cuerpo de bomberos apostado en su cuartel a la espera de que estalle un “motín espontáneo”. A la vanguardia no le basta con “estar lista para el momento”. Su obligación es organizar cotidianamente ese movimiento de clase: mediante la edición y difusión de su órgano de prensa, mediante la participación en cualquier destello de la lucha de clases y mediante la denuncia política. Entre la espontaneidad y la organización median múltiples peldaños intermedios, y cada paso hacia un estadio superior de organización es un paso de avance hacia la revolución comunista.
Al mismo tiempo, los marxistas deben estar preparados, en los planos teórico y organizativo, para cuando se den las condiciones en que millones de obreros se pongan en marcha. Solo un partido dotado de la teoría de vanguardia e imbricado con la clase de vanguardia será capaz de encauzar el estallido espontáneo hacia el cauce de la revolución comunista, cuyo norte no es otro que la destrucción de la maquinaria estatal burguesa y la instauración de la dictadura del proletariado: el prerrequisito ineludible para la expropiación de la propiedad privada y la ulterior extinción del Estado.
Abril de 2026.
Anexo 1
LA REPRESIÓN FINANCIERA
Si un país (pongamos por caso, Turquía o Argentina) acarrea una deuda externa denominada en dólares estadounidenses, la devaluación de su moneda nacional respecto al dólar no le supone un alivio, sino que dificulta catastróficamente el pago de dicha deuda. Para saldar los mismos importes en dólares, tanto el Estado como las empresas se ven forzados a recaudar un volumen muchísimo mayor de dinero local devaluado. Por consiguiente, cuando los economistas postulan que la deuda global resulta inasumible sin una “devaluación permanente de las monedas”, no se refieren al hundimiento del tipo de cambio de los países “en desarrollo” frente al dólar. Aluden a la depreciación de las propias divisas de reserva (con el dólar a la cabeza) en relación a los activos reales, impulsada por la inflación. A este mecanismo económico se le conoce como “represión financiera” (financial repression). Su funcionamiento difiere dependiendo del tipo de deudor:
1. Países que contraen deuda en su propia divisa (EE. UU., Japón, países de la UE).
Para estas economías (que concentran 2/3 de la deuda mundial), el mecanismo de depreciación opera como un salvavidas.
El proceso: El Estado (a través de sus Bancos Centrales) emite masa monetaria o mantiene los tipos de interés artificialmente por debajo del nivel de inflación real.
El resultado: El poder adquisitivo del dólar (o del euro) decae. Aunque en términos nominales EE. UU. le siga debiendo 100 dólares a su acreedor, el valor real de ese dinero se evapora. Paralelamente, la recaudación fiscal del Estado se engrosa al ritmo de la inflación (si las mercancías se encarecen, los impuestos sobre ventas y rentas se elevan).
Conclusión: El Estado liquida sus deudas contraídas en el pasado a tipo fijo valiéndose de un dinero “abaratado”. La deuda se licúa a costa de un gravamen velado que recae sobre los ahorradores y los tenedores de bonos emitidos en dicha moneda.
2. Países “en desarrollo” que contraen deuda en dólares.
Para las naciones endeudadas en divisas foráneas, la depreciación de su moneda nacional constituye un pasaporte directo a la quiebra. No obstante, y por paradójico que resulte, la inflación mundial del dólar (esta misma “devaluación” de la divisa estadounidense) puede reportarles beneficios:
-
Gran parte de las economías “en desarrollo” se basan en la exportación de materias primas. Las cotizaciones del petróleo, los metales y los bienes agropecuarios en el mercado mundial se fijan en dólares.
-
Cuando el dólar se deprecia debido a la inflación, los precios de los bienes reales escalan.
-
El país exportador ingresa una cantidad mayor de dólares “abaratados” por idéntico volumen exportado. Disponer de estos dólares le facilita amortizar su deuda antigua, fijada en dólares.
El propósito del sistema no es desplomar las divisas locales, sino perpetuar una inflación global capaz de ir corroyendo paulatinamente el valor real de la colosal deuda acumulada. De no ser así, la única salida pasaría por elevar la presión fiscal hasta unos umbrales destructivos para la economía o declarar suspensiones de pagos en cadena.
Anexo 2
LA CONTRADICCIÓN DIALÉCTICA DEL SISTEMA CAPITALISTA
Desde la óptica teórica del marxismo, el trabajo vivo constituye la fuente exclusiva de plusvalía. En consecuencia, al expulsar a los asalariados a la calle para reemplazarlos por maquinaria o algoritmos, es el propio capital quien está socavando la base material de su tasa de ganancia a largo plazo.
Este proceso de supresión de fuerza laboral que sacude la economía mundial no obedece a una falla lógica en la teoría, sino que ilustra una contradicción dialéctica, tangible y objetiva enraizada en las entrañas del propio sistema económico. Para comprender por qué las corporaciones perseveran de forma compulsiva en las olas de despidos masivos, agravando así su propia crisis estructural a futuro, es preciso disociar la racionalidad particular de una corporación (nivel microeconómico) de la lógica global que rige el sistema (nivel macroeconómico), tomando en consideración, además, las denominadas “contratendencias”.
He aquí la mecánica concreta que explica cómo se dirime esta contradicción en el terreno práctico: la tendencia decreciente de la tasa de ganancia opera como una ley macroeconómica de alcance sistémico. Pero un capitalista individual (o la junta directiva de una gran corporación) no razona guiándose por las leyes generales de la economía. Su visión está circunscrita al informe trimestral y a los imperativos de la competencia.
Cuando una corporación liquida a 10.000 empleados y adopta, por ejemplo, la Inteligencia Artificial o un nuevo tren de ensamblaje, experimenta una contracción súbita de sus costes individuales. En el corto plazo, los precios de venta de sus mercancías siguen estando condicionados por los costes medios sectoriales vigentes hasta ese momento (más elevados). Fruto de este desfase, la corporación pionera logra apropiarse de una plusvalía extraordinaria (ganancia extra). De forma efímera, su tasa de ganancia individual se dispara.
La contradicción estalla más adelante: a medida que los competidores replican la innovación (despiden plantillas e instalan las mismas máquinas), el precio de las mercancías decrece, la ganancia extra se esfuma y la cuota media de ganancia de todo el sector se estabiliza en un nuevo umbral, inferior al previo. Por lo tanto, los recortes masivos de personal no son más que un intento desesperado de una compañía particular por salvar el cuello a expensas de sus rivales, una maniobra que, a la postre, los arrastra a todos al fondo.
Asimismo, las purgas masivas rara vez traen consigo una merma proporcional de la producción. Cuando una corporación expulsa a la calle al 20 % de su plantilla, a menudo intimida al 80 % restante: “Ahora tendrán que asumir la carga laboral de los compañeros que hemos echado, o acabarán en la calle junto con ellos”.
Traducido al lenguaje de la economía política marxista, esto evidencia un alza brutal en la cuota de plusvalía (o tasa de explotación). A pesar de la caída de la masa global del capital variable (v, el volumen de la nómina salarial), la plantilla que conserva el empleo genera una mayor cantidad de plusvalía (p) por unidad de tiempo, espoleada por el estrés, las horas extras no remuneradas y el pánico al despido. Este brusco salto en la explotación neutraliza transitoriamente el impacto negativo provocado por el incremento de la composición orgánica del capital (c/v) y contiene el desplome de la cuota de ganancia.
Por otro lado, los despidos masivos inundan el mercado laboral de oferta, nutriendo lo que conocemos como el ejército industrial de reserva (los desempleados). Disponer de una fila interminable aguardando “a las puertas de la fábrica” legitima a las corporaciones no solo para congelar, sino para recortar con total impunidad los salarios reales del personal en activo (o bien, para contratar a los nuevos asalariados en peores condiciones). Este mecanismo abarata el capital variable (v) y otorga a la corporación la potestad de expropiar una fracción aún mayor del producto originado.
A fin de cuentas, los accionistas no se nutren de porcentajes abstractos, sino de masas de dinero absolutas.
Aun en un escenario en el que la tasa de ganancia (la rentabilidad sobre el capital invertido) cayera ineludiblemente, digamos, del 15 al 5 %, si la corporación logra apropiarse de nuevos mercados y concentra una mayor cuota, su volumen total de beneficio puede engrosarse. Un exiguo 5 % sobre una capitalización de 1 billón de dólares reporta sumas inmensamente superiores que un suculento 15 % sobre un capital de apenas 10.000 millones. Con tal de salvaguardar el volumen absoluto de su masa de ganancia en un contexto de estrechamiento de los mercados, las corporaciones no titubearán ante ninguna política de despidos.
En resumidas cuentas: los procedimientos que resultan cabalmente lógicos y salvadores para una corporación individual en el corto plazo (despedir personal → recortar costes → presentar dividendos ante los accionistas) devienen un curso de acción radicalmente irracional y suicida para la economía global en el medio plazo (minoración del número de asalariados → colapso de la demanda agregada → declive en el volumen total de la masa de plusvalía → estallido de crisis de superproducción con caída general de la cuota de ganancia).
Este es el motivo que impide a las corporaciones echar el freno: la propia competencia las obliga a cortar la rama sobre la que están sentadas, dado que quien primero suelte la sierra, será el primero en precipitarse al vacío.
Anexo 3
EL CONTENIDO ECONÓMICO DE LA LUCHA DE FRACCIONES DE LA BURGUESÍA ESTADOUNIDENSE
Para calibrar la coyuntura con nitidez, analicemos las cinco fracciones hegemónicas del capital norteamericano, la divergencia de sus intereses y algunos casos empíricos representativos.
1. El sector tecnológico transnacional (Big Tech)
Constituye la fracción más plagada de antagonismos. Por una parte, elabora mercancías de vanguardia tecnológica; por la otra, mantiene un grado de dependencia absoluto respecto a la división global del trabajo. Su interés medular reside en mantener despejado el acceso a los mercados internacionales (con especial énfasis en China) y salvaguardar sus infraestructuras globales de producción (las plantas en Taiwán, las cadenas de ensamblaje en la República Popular China).
No obstante, la fractura atraviesa a la propia rama tecnológica. Corporaciones de la talla de Apple (carente de plantas productivas propias, fabless) libran una tenaz resistencia contra la beligerancia arancelaria. Imponer tarifas sobre los componentes chinos cercena su rentabilidad de forma drástica, debido a la imposibilidad fáctica y financiera de reubicar súbitamente los gigantescos clústeres de ensamblaje desde China (como los de Foxconn) hacia el suelo norteamericano o hacia la India. Por su lado, firmas como Nvidia (dedicadas al diseño y arquitectura de microprocesadores) presionan sin cuartel por una flexibilización de los bloqueos a las exportaciones. El veto gubernamental que les impide colocar sus chips punteros en China las margina de un jugoso segmento de mercado, lo cual las lleva a argüir sin tapujos que tales injerencias erosionan la primacía de EE. UU. en el campo de la Inteligencia Artificial. En contraste diametral, conglomerados como Intel (propietarios de fundiciones físicas) se regocijan con las trabas proteccionistas. Han defendido ardientemente la Ley de Chips (CHIPS Act), agenciándose en el proceso subvenciones del erario por valor de decenas de miles de millones de dólares para erigir nuevas instalaciones fabriles en Norteamérica y poder, de ese modo, plantarle cara a la hegemonía de la taiwanesa TSMC.
2. El sector minorista (retail) dependiente de las importaciones y la esfera de servicios
Este segmento (compuesto por gigantes como Walmart, Amazon, Target, Nike) se ha lucrado durante décadas propiciando la deslocalización del tejido productivo hacia la periferia capitalista de reciente cuño. Su meta prioritaria descansa en prolongar la vigencia de aranceles nulos para los bienes de consumo masivo, los artículos electrónicos y la confección textil. Para esta porción del gran capital, instaurar “tarifas arancelarias contra el flujo de mercancías chinas” no reviste un ejercicio de blindaje al “fabricante doméstico” (un ente que, en múltiples ramas, simplemente se ha evaporado), sino la fijación de un tributo encubierto contra la masa de los consumidores asalariados estadounidenses, cuya aplicación merma la propia rentabilidad de estas empresas y marchita la demanda agregada. Por ende, profesan una repulsión instintiva hacia toda forma de aislacionismo comercial.
3. El complejo agroindustrial volcado a la exportación
Se trata de una esfera históricamente vinculada a tesis conservadoras, la cual ha quedado paradójicamente presa y rehén de los dictados del proteccionismo nacional. Su aspiración estriba en disfrutar de una penetración ilimitada en el mercado asiático (en primer término, en el mercado chino). Cuando la camarilla burguesa aglutinada en torno a la siderurgia y la industria pesada convence a la Casa Blanca de que erija murallas impositivas en contra del acero foráneo, Pekín no tarda en pergeñar réplicas equivalentes, ensañándose con las cosechas del sector agrícola estadounidense mediante vetos severos a la adquisición de la soja del Medio Oeste. Esta fracción aborrece visceralmente el proteccionismo arancelario, a sabiendas de que los cortocircuitos aduaneros destrozan sus rutas mercantiles, fraguadas a base de décadas de paciente labor. No en vano, las tensiones de esta “guerra comercial” condujeron a que la propia administración de D. Trump se viera compelida, en su día, a detraer 28.000 millones de dólares del fisco y utilizarlos a título de rescate excepcional, librando así a cientos de consorcios agrícolas de una quiebra inapelable precipitada por las propias hostilidades comerciales que él impulsaba.
4. La industria pesada nacional y el sector energético clásico
Conforman la espina dorsal del capital tradicional (los magnates del acero como U.S. Steel, las refinerías de aluminio, o las factorías del ramo automotor clásico como Ford o General Motors). Es precisamente este frente de clase quien acucia al aparato estatal para adoptar medidas de un proteccionismo a ultranza y para desencadenar trifulcas arancelarias. Su objetivo es apuntalar un escudo para atrincherar el mercado interior y ahuyentar el aprovisionamiento de mercancías provenientes del extranjero (a menudo artificialmente subsidiadas por los regímenes de la Unión Europea o de China), al par que ansía lucrarse con copiosos y suculentos contratos para las infraestructuras de obra pública nacional. Estos grupos del monopolio ya no atesoran solvencia tecnológica ni competitividad en materia de costes en la pugna por la supremacía de los automóviles eléctricos (EV) frente a China. Precisamente por ello, han ejercido su poderoso cabildeo exigiendo que se blinden y endurezcan las tarifas inauguradas bajo la época Trump a lo largo de todo el gobierno de la administración Biden. Más flagrante resulta el hecho de haber orquestado, para mediados del año 2024, la aprobación de tarifas disuasorias que rozan el 100 % de gravamen sobre las importaciones de vehículos con baterías ensamblados en el exterior. Privadas del rescate estatal por medio del monopolio comercial proteccionista, el fatal destino reservado a estas empresas es una bancarrota.
5. El capital financiero (Wall Street y los grandes fondos de inversión)
El segmento de la especulación preconiza la apertura irrestricta de las fronteras económicas a los flujos del mercado global, aunque en su seno bullen marcadas y sustanciales contradicciones. La meta ineludible de esta fracción radica en asegurarse plena libertad operativa en orden de movilizar y desviar capital líquido a cualquier latitud de la cartografía internacional donde las cuotas de rentabilidad prometan ser más ostensibles. El emporio bursátil y usurero ha ejercido, históricamente y durante decenios, una presión determinante a la hora de orquestar y precipitar el ingreso de la economía estatal china en la arena del comercio planetario y de las infraestructuras macroeconómicas hegemónicas. Mas en el momento actual, el escenario para este estrato resulta sumamente hostil al tener que desenvolverse de manera asfixiada entre la espada de sus propias codicias y la pared de su gobierno. Y es que, de una parte, aspiran tenaz y celosamente a multiplicar los márgenes de lucro especulativo en un panorama donde pujan las vigorosas empresas tecnológicas del sudeste asiático y de Pekín; al paso que, de manera coercitiva, la maquinaria punitiva de su propio Estado matriz (sirviéndose del látigo del Departamento del Tesoro y la supervisión inquisidora impuesta por la propia SEC) los conmina brutalmente y les decreta el llamado de-risking (un repliegue sistemático). Esto supone apartar su ingente tesorería desde las arterias comerciales del país asiático bajo so pena de soportar castigos fiscales devastadores y bajo la coerción inexorable de acabar repudiados y excluidos de participar y pujar en los grandiosos presupuestos militarizados del Estado nacional estadounidense.
El hecho de que la estructura gubernamental en Washington haya irrumpido de manera parcialmente autónoma —como árbitro frente al influjo particular y egoísta que esgrimen las dispares y antagónicas camarillas de los emporios del dólar— no halla su respuesta en determinismos esotéricos sino en las propias coyunturas acuciantes que hoy por hoy corroen la matriz del capitalismo internacional, acrecentando exponencialmente los cruces de hostilidades latentes entre esas oligarquías sectoriales.
Los altos estratos de la dirección estatal y sus cúpulas partidistas de Norteamérica (sin mediar grandes abismos, ni ideológicos ni programáticos, tanto por parte del ala republicana como por los estrategas del arco demócrata) atisbaron con lucidez un escenario alarmante: de perpetuar una inhibición general en aras de un mercado librecambista regido por las pulsiones individualistas sin trabas (en beneficio de una fracción rentista puramente transnacional adicta a exprimir a costa de todo el mercado global), se avocaría indiscutiblemente a la liquidación acelerada de su musculatura y nervio puramente industrial, el cercenamiento severo a su capacidad autárquica de producción logística militar, y la pérdida de destrezas para proveer materiales geoestratégicos o la manufactura avanzada de microprocesadores. Carentes de semejante plataforma, perece por añadidura la cimentación para hacer prevalecer el estatus despótico del dólar y el imperio en la hegemonía global. Esta, y no la magnanimidad soberana, fue la razón estructural inesquivable que hizo recular a la dirección del imperio hegemónico norteamericano para decretar y dictaminar la actual clausura proteccionista, instaurándola, por ende, de urgencia como profilaxis para blindar su amenazada supervivencia productiva. Como es lógico de inferir de esta reorganización productiva de calado mundial pergeñada con cargo a las multinacionales norteamericanas (fuerzo deliberado para replegar toda la infraestructura operativa foránea, la renuncia a cuotas expansivas para asegurar su integridad soberana, la deslocalización compulsiva y relocalización de filiales en feudos patrios que exigen costes de jornal de operarios considerablemente desorbitados), las oligarquías que ven mutiladas sus prerrogativas económicas con el pretexto de los apremios patrios protagonizarán feroces actos de rebelión; traduciendo de esta manera toda la agitación a la crisis turbulenta e indeleble polarización belicosa enquistada en el corazón político del mismísimo Capitolio.
Footnotes
-
- Estructura de la deuda para el primer trimestre de 2024 (según datos del Global Debt Monitor, un informe periódico del Instituto de Finanzas Internacionales):
Mercados “desarrollados” (incluyen EE. UU., Japón, países europeos): ~$209,7 billones (aproximadamente 2/3 de la deuda total). Aquí la deuda crece principalmente debido a los préstamos gubernamentales.
Mercados “emergentes” (los principales motores de crecimiento son China, India y México): ~$105,4 billones. En la última década, la deuda se ha más que duplicado (un aumento de $55 billones).
Por sectores económicos:
Corporaciones no financieras (economía real): ~$94,1 billones. Es el segmento más endeudado, especialmente en los países “emergentes”.
Gobiernos (deuda pública): ~$91,4 billones. Precisamente este sector fue el que creció más rápido en los últimos años debido a la financiación de programas de apoyo durante la pandemia y al aumento del gasto en defensa.
Sector financiero (bancos, fondos): ~$70,4 billones.
Hogares (hipotecas, tarjetas de crédito, préstamos estudiantiles): ~$59,1 billones.
La economía mundial se encuentra, de hecho, en un estrecho corredor. La política monetaria restrictiva y las altas tasas de interés (un intento de vencer la inflación) hacen que el servicio de estos 315 billones sea matemáticamente imposible a largo plazo, por lo que los economistas coinciden en que la depreciación inflacionaria del dinero fiduciario seguirá siendo una herramienta oculta para gestionar esta burbuja. ↩
-
- Véase el apéndice 1. ↩
-
- Estanflación (de “estancamiento” + “inflación”): es un estado de la economía en el que ocurren simultáneamente tres procesos destructivos: caída de la producción o crecimiento económico nulo (estancamiento), aumento continuo de los precios (inflación), aumento del desempleo y caída de los ingresos reales de la población.
Para la ciencia económica burguesa (en particular, el keynesianismo), la estanflación se consideró durante mucho tiempo una paradoja. La lógica clásica suponía que los precios solo subían cuando la economía se “sobrecalentaba” (cuando la gente tiene mucho dinero y compra activamente), y que durante una crisis y caída de la producción los precios debían bajar (deflación). La estanflación rompe este mecanismo y lleva la regulación estatal a un callejón sin salida: los intentos de los bancos centrales por sofocar la inflación con altas tasas de interés acaban de rematar a la industria, mientras que los intentos de salvar las fábricas con créditos baratos conducen a la hiperinflación. ↩
-
- La guerra de EE. UU. e Israel contra Irán y la situación relacionada en torno al Estrecho de Ormuz podrían cambiar la situación. ↩
-
- Marx, Karl. El Capital. Crítica de la economía política. Tomo III, Vol. 6, Cap. XV. ↩
-
- Marx, Karl. El Capital. Crítica de la economía política. Tomo III, Vol. 6, Cap. XXVII. ↩
-
- Véase el apéndice 2. ↩
-
- Marx, Karl. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Cuaderno VII. ↩
-
- Véase el apéndice 3. ↩