editorial

Nota de la redacción: la herramienta de trabajo y la llana cibernética

La redacción declara abiertamente el uso consciente de la IA generativa para la creación de las ilustraciones de la revista, basándose en la concepción marxista de la técnica. La máquina carece de teleología y de auténtica imaginación: actúa únicamente como una dócil "llana cibernética", una prolongación de alta tecnología de la mano y la mente humanas. Guiando los algoritmos con rigor, no los empleamos para simular una "creatividad" de la máquina, sino para revivir el monumental lenguaje visual de la vanguardia proletaria revolucionaria de 1917--1921.

Si bien las actuales redes neuronales han sido creadas por las corporaciones para generar ganancias mediante la monopolización depredadora del general intellect de la humanidad, nosotros volvemos esta contradicción contra el propio capital. Al renunciar a la venta de la revista, no generamos plusvalía, sino que producimos exclusivamente valor de uso: propaganda comunista. De este modo, llevamos a cabo una “expropiación inversa” táctica, obligando a la infraestructura del enemigo de clase a operar en beneficio del proletariado y transformando las tecnologías capitalistas en un arma intelectual para la lucha de clases.

Queremos reconocer abiertamente el uso consciente de la inteligencia artificial (IA) para la generación de ilustraciones en nuestra revista. No somos artistas profesionales. Hemos tomado esta decisión basándonos en la concepción marxista según la cual la herramienta de trabajo es una prolongación de la mano humana.

Del mismo modo que el albañil dirige conscientemente su mano, en la que sostiene con firmeza la llana al levantar un muro, nosotros hemos dirigido a la IA para obtener el resultado estético y conceptual que necesitábamos. En “El Capital”, Karl Marx ofrece una magnífica metáfora al señalar que lo que distingue de antemano al peor maestro de obras de la mejor abeja es que aquel ha construido la celda en su cabeza antes de construirla en la cera. En este caso, el papel del arquitecto nos corresponde a nosotros, y el de la abeja digital, a la IA.

En la base de nuestro enfoque subyace la comprensión de que la máquina, por sí misma, carece de propósito. Como escribieron los filósofos E. Iliénkov, A. Arséniev y V. Davídov en el artículo “La máquina y el hombre, la cibernética y la filosofía”1: «no es el cerebro el que piensa, sino el hombre con la ayuda del cerebro»2. Y del mismo modo, explica Iliénkov en el artículo “El problema de lo ideal”: «no es la mano la que trabaja, sino el hombre con la ayuda de la mano. Y el producto de su trabajo no se encuentra en absoluto “en la mano”, ni dentro de ella, sino en aquella materia de la naturaleza que es transformada en el proceso»3. En este contexto, la IA ha actuado únicamente como nuestra llana digital, un órgano dócil puesto en movimiento por el designio humano.

Esta conexión dialéctica entre el cerebro, la mano y la herramienta de trabajo, en la que la tecnología actúa solo como una prolongación del hombre, fue exhaustivamente desarrollada por Karl Marx en los “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política” (Grundrisse) de 1857-1858. Marx escribe:

«La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ni ferrocarriles, ni telégrafos eléctricos, ni hiladoras automáticas, etc. Son éstos, productos de la industria humana: material natural, transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento social general [Wissen, knowledge] se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real»4.

«Mientras la máquina siga siendo máquina», como subrayan Iliénkov, Arséniev y Davídov, «seguirá siendo únicamente un órgano creado artificialmente por la voluntad racional social-humana, un medio para su manifestación activa. Y, en este sentido, es un órgano del cerebro humano, pues por “cerebro” Marx entendió siempre no solo y no tanto el órgano del cuerpo del individuo, sino el órgano de la voluntad racional social-humana, de las necesidades social-humanas y de los “fines” que expresan idealmente dichas necesidades»5.

Es precisamente esta voluntad racional la que hemos ejercido al redactar las descripciones de texto (prompts) para la red neuronal. Describimos detalladamente lo que queríamos representar y establecimos unos límites estilísticos estrictos, remitiendo a la máquina a formas históricas concretas de la cultura proletaria revolucionaria: los estilos empleados por los artistas revolucionarios de Rusia y Hungría entre 1917 y 1921.

Recurrimos al lenguaje visual que debía construir el mundo nuevo. Hablamos de la estricta geometrización de las formas, el uso de potentes diagonales para transmitir la dinámica de la lucha, el predominio de una paleta contrastante (rojo, negro, blanco), las composiciones tipográficas y el fotomontaje. Orientamos a la máquina hacia las obras de autores como El Lissitzky (cuyo legendario cartel de 1919 “Golpea a los blancos con la cuña roja” se convirtió en la máxima expresión del suprematismo al servicio de la revolución), Vladímir Tatlin (con su torre proyectada hacia el futuro: el Monumento a la Tercera Internacional Comunista), Alexandr Ródchenko y Kazimir Malévich.

Exigimos a la máquina que reprodujera aquella monumentalidad expresiva que caracterizó al grupo húngaro de artistas, poetas y escritores revolucionarios “MA” (“Hoy”). Este arte fusionaba la dinámica cubofuturista con el pathos proletario, creando figuras de obreros y soldados pesadas, de trazos angulosos y monumentales, cargadas de tensión. Nos sirvieron de referencia las obras de Lajos Kassák, creador del concepto de “arquitectura pictórica” (Bildarchitektur); Béla Uitz, autor del célebre y feroz cartel de 1919 “¡Soldados rojos, adelante!” (“Vörös katonák, előre!”), y Sándor Bortnyik, creador de obras expresionistas futuristas de temática revolucionaria como “La locomotora roja” y “El mayo rojo”.

La inteligencia artificial es incapaz de comprender la esencia de estos acontecimientos históricos, pues tiene cerrada la puerta a ese ámbito de la cultura espiritual donde nace la verdadera imaginación. Como señalaban Iliénkov, Arséniev y Davídov, «sin imaginación no se puede hablar de un auténtico pensamiento creativo»6. La IA se limitó a combinar ciegamente píxeles de acuerdo con probabilidades calculadas.

La forma que finalmente adoptaron estas imágenes es la forma objetivada de la transferencia dialéctica de una percepción espiritual e ideal del mundo hacia un producto material del trabajo humano mediante el uso de una mano prolongada; es decir, una forma de actividad vital humana. Por tanto, las ilustraciones de nuestra revista no son producto de la “creatividad” de la máquina. Son el producto de nuestra actividad consciente, de nuestro conocimiento de la historia del arte revolucionario y de nuestra elección estética, llevada a cabo a través de una herramienta cibernética moderna, compleja, pero, en última instancia, totalmente subordinada al ser humano.

La dialéctica de la llana cibernética: la expropiación de los expropiadores en la era de la IA

En nuestro empeño por utilizar la inteligencia artificial para construir un nuevo lenguaje visual, nos enfrentamos inevitablemente a una profunda contradicción dialéctica. Por un lado, concebimos la IA como una llana cibernética, un órgano dócil de la voluntad humana. Por otro, somos conscientes de la cruda realidad político-económica: hoy en día, esta llana está monopolizada por el capital; se ha convertido en “trabajo muerto” entrenado mediante la expropiación de colosales volúmenes de conocimiento social.

¿Significa esto que el uso de redes generativas nos convierte en cómplices de la explotación capitalista y en apéndices conscientes de los algoritmos corporativos? El materialismo histórico nos enseña a no huir de las contradicciones, sino a resolverlas en la práctica material. Y la clave para esta resolución reside en la diferencia fundamental entre nuestro enfoque y la lógica del capital.

El atributo principal del capital, sobre el cual escribió Marx, es su necesidad de autovalorización a través de la producción de mercancías (la fórmula D — M — D’). Las corporaciones han creado la IA con el fin de generar ganancias.

Nosotros, en cambio, no utilizamos la IA para la producción de una mercancía; no lanzamos nuestro producto ---la revista y todo su contenido, incluidas las imágenes generadas por redes neuronales--- al mercado, ni lo convertimos en objeto de intercambio mercantil. Nuestro producto no contiene valor de cambio; se crea exclusivamente por su valor de uso: es nuestro organizador, propagandista y agitador colectivo.

Al negarnos a vender un producto que incluye elementos creados con la ayuda de una red neuronal, no generamos plusvalía ni extraemos ganancias. Si el capital, cual vampiro, succiona trabajo vivo para transformarlo en beneficio, nosotros utilizamos la potencia de cálculo perteneciente al gran capital para crear una revista revolucionaria sin fines de lucro, obligando así, de facto, a la máquina a trabajar en interés de toda la humanidad.

Los creadores de las redes neuronales generativas han perpetrado la mayor operación de cercamiento del siglo XXI: han expropiado el “intelecto general” (General Intellect), absorbiendo de forma vampírica el trabajo vivo no remunerado de millones de personas para convertirlo en capital y luego vender el acceso a él. Han abolido los derechos de autor en la fase de recopilación de datos, pero los imponen de manera férrea en la fase de venta de sus servicios.

¿Cómo podemos superar esto? Solo mediante una expropiación inversa, es decir, mediante la abolición de la propiedad privada.

Mientras tanto, al emplear esta herramienta, extraemos la experiencia sintetizada de generaciones (incluido el legado de la vanguardia revolucionaria) de la “caja negra” corporativa y la reintegramos al arsenal de la lucha de clases. Lo que el capital se apropió y robó a las masas trabajadoras para establecer un monopolio, nosotros lo devolvemos a la vanguardia proletaria como un arma intelectual para su emancipación del dominio del capital. Golpeamos al capitalismo con su propia arma, llevada a la perfección.

El marxismo aborda el problema de la alienación ante todo a través del prisma de a quién pertenece el trabajo y con qué fin se realiza. Bajo el capitalismo, el obrero está alienado del proceso y del resultado de su trabajo porque trabaja para sobrevivir, creando una riqueza de la que se apropia la burguesía.

En nuestro caso, el proceso de construcción del prompt no es trabajo asalariado alienado. Es una actividad política libre y consciente. Es cierto que el acto físico de dibujar ha sido delegado en la máquina, pero la formulación de fines, la reflexión histórica y el control ideológico permanecen enteramente en manos humanas. En este contexto, la IA no actúa como un sustituto del artista, sino como una imprenta de alta tecnología que amplifica exponencialmente la voz de la vanguardia proletaria. Somos conscientes de que, incluso al entrenar a la IA con nuestros prompts, inevitablemente generamos nuevos datos, rindiendo un tributo temporal al capital. Sin embargo, consideramos esto como una concesión táctica forzosa: el uso de la infraestructura del enemigo en aras de una ofensiva estratégica contra él.

Marx y Engels subrayaron en repetidas ocasiones que el capitalismo, en su ciega búsqueda de ganancias, crea por sí mismo la base material y técnica para la sociedad comunista. Al construir gigantescas fábricas, ferrocarriles ---y hoy en día, centros de datos y redes neuronales globales---, el capital socializa la producción a una escala sin precedentes, aunque la apropiación de sus resultados siga siendo privada.

En los ya citados “Elementos fundamentales” (Grundrisse), Marx extrae otra conclusión crucial: el capital desarrolla las máquinas para reducir el tiempo de trabajo necesario. Bajo el capitalismo, esto conduce al desempleo. En el comunismo, la automatización generará tiempo libre para el libre desarrollo intelectual y creativo de cada individuo.

La IA generativa es, hoy por hoy, la forma superior de socialización de la producción espiritual. Pone al desnudo la paradoja principal del capitalismo: una tecnología capaz de reducir radicalmente la jornada laboral y brindar a la humanidad el espacio para su libre desarrollo creativo se utiliza únicamente para maximizar los beneficios corporativos. Lleva consigo los traumas congénitos del capitalismo: el robo, la monopolización y la explotación. Pero el materialismo histórico no nos exige sentarnos a esperar la aparición de herramientas impecables e ideológicamente puras. La revolución se hace siempre con el material humano y tecnológico que ha forjado la vieja época.

Al utilizar la IA no para la extracción de beneficios, sino para la propaganda comunista, demostramos de qué son capaces las formidables fuerzas productivas creadas por el capitalismo si se las libera de las cadenas de las relaciones monetario-mercantiles y se las subordina a una voluntad social consciente.

Mayo de 2026

Footnotes

  1. - Recurrimos a este artículo exclusivamente porque constituye uno de los pronunciamientos más tempranos, acabados y mejor formulados desde unas posiciones marxistas correctas acerca del problema de la “máquina pensante”. En el marco de este artículo no tiene sentido detenernos en cada uno de los autores del texto “La máquina y el hombre, la cibernética y la filosofía”. Tampoco consideramos necesario, aquí y ahora, llevar a cabo un análisis detallado de la figura de E. Iliénkov (1924—1979), el más conocido de ellos y, por lo visto, quien hizo el principal aporte teórico en la redacción de la obra que citamos. Sin embargo, no podemos dejar de ofrecer una breve valoración de esta personalidad tan polémica y contradictoria. Para los marxistas contemporáneos, sus obras tienen cierto valor en el ámbito de la metodología (la defensa de la dialéctica frente al positivismo, el análisis de la lógica de “El Capital”) y de la historia de la filosofía. No obstante, en sus escritos incurrió repetidamente en una revisión del marxismo con tendencias hegelianas (en su interpretación específica de lo ideal y de otros problemas filosóficos de importancia), además de demostrar una comprensión errónea de algunas categorías clave de la economía política. Esta misma limitación idealista se manifestó también en sus posturas políticas: al compartir plenamente el dogma estalinista sobre la existencia del socialismo en la URSS, es decir, al negar el carácter capitalista de la economía de ese Estado, Iliénkov reducía la cuestión exclusivamente al problema filosófico de la alienación y al atraso cultural de las masas (la contradicción entre la socialización formal y la real), eludiendo así el análisis de clase de la sociedad “soviética”. Esto nos impide calificarlo como un verdadero marxista, algo que es imposible llegar a ser sin involucrarse en la práctica revolucionaria, sin participar en la lucha de clases del proletariado contra la burguesía y, en primer lugar, contra la “propia”. No combatió a este Estado burgués, sino que lo respaldó, aunque a veces lo criticara, y se mantuvo siempre como un ejemplar “socialista de cátedra” (Katheder-Sozialist) que abogaba por su reforma, mejora y humanización. En consecuencia, fue un cómplice de nuestro enemigo de clase (y no solo en el frente teórico). De no ser por este último y crucial aspecto, la presente nota habría sido innecesaria.

  2. - Iliénkov, E.; Arséniev, A.; Davídov, V. “La máquina y el hombre, la cibernética y la filosofía”, en “La teoría leninista del reflejo y la ciencia contemporánea”. Moscú: Naúka, 1966, p. 263.

  3. - Iliénkov, E. “El problema de lo ideal”, en revista “Voprosy Filosofii” [“Cuestiones de Filosofía”], 1979, n.º 6, p. 135.

  4. - Marx, K. “Crítica de la economía política (Borrador de 1857-1858)” [Grundrisse], octubre de 1857 — mayo de 1858, en K. Marx y F. Engels, Obras Completas (2.ª ed. rusa), t. 46, parte II, p. 215. (Nota: En español corresponde al volumen 2 de la edición de los Grundrisse de Siglo XXI).

  5. - Iliénkov, E.; Arséniev, A.; Davídov, V. Op. cit., p. 276.

  6. - Ibíd., p. 269.

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